El tema de la religión está en los inicios de este blog, aunque de forma todavía extrañamente ausente. De hecho todo comenzó con un creciente interés por comentar un libro de Richard Dawkins titulado El espejismo de Dios al que tendré que dedicar en un futuro más de un post.
Este libro constituyó una de mis lecturas navideñas que amenizaron la espera y me convencieron de la necesidad de no tratar de imponer una determinada religión a nadie, incluido un pequeño e indefenso recién nacido.
El caso es que los temas se entrelazan con mucha facilidad en las lecturas y sin saber bien como abrí el periódico para encontrar este texto que da en la diana de lo que venía a ocupar el lugar de mis reflexiones navideñas y, además en un día tan señalado.
Del texto os estraigo lo siguiente:
"(...) El nuevo testamento dice "Todos somos iguales ante Dios". Esta igualdad (...) es la que sustenta socialmente las religiones cristianas. Sin embargo, la consecuencia de ello es que con la misma radicalidad que se suprimen las diferencias sociales y políticas, se establece una nueva distinción fundamental y una nueva jerarquía ne el mundo: entre los creyentes y los no creyentes. Con ello se priva generalmente a los no creyentes de la categoría de personas. Las religiones pueden construir puentes entre las personas allí donde existen jerarquías y fronteras, pero cavan a la vez nuevos abismos allí donde no existían."
La pregunta, a mi, se me antoja obvia: ¿No podríamos (los humanos) tender esos mismos puentes sin apelar a la fé o, mejor dicho, a ninguna fe? ¿No basta con tener fe en que otro mundo, otra forma de conducir las relaciones humanas, son posibles?
