Comencé a leer este libro animado por tratarse de un relato sobre Ainielle, un pueblo abandonado en Huesca, como tantos que he conocido, ya abandonados, ya recuperados para otras actividades o recuperados para vivir en ellos. Lo cierto es que en ellos siempre se mezcla la belleza del lugar con la tristeza del camino andado y desandado; lo difícil que es construir un lugar para vivir y lo sencillo que le resulta al tiempo desordenar el orden humano.
Demasiada tristeza, locura y soledad en este libro.«Visto desde los montes, Ainielle continúa conservando, pese a todo, la imagen y el perfil que tuvo siempre: la espuma de los chopos, los huertos junto al río, la soledad de sus caminos y sus bordas y el resplandor azul de las pizarras bajo la luz del mediodía o de la nieve.» (p. 75)
