«El mercado y el sector privado destruyen lo colectivo y se apropian de las esferas pública y social. Lo cual provoca una competencia generalizada: el mercado contra el Estado, el sector privado contra el sector público, el individuo contra la colectividad, el egoísmo contra la solidaridad. (...)
Este capitalismo neoliberal constituye una inmensa ruptura económica política y cultural. Somete a las empresas y a los ciudadanos a una imposición única: adaptarse, a fin de plegarse mejor a los anónimos mandatos de los mercados financieros. Condena de antemano -en nombre del realismo- toda veleidad de resistencia o disidencia. Y golpea con oprobio todo sobresalto proteccionista, toda búsqueda de alternativa, todo intento de regulación democrática, toda crítica a los mercados omnipotentes.» (p. 46)
Nada me hace sospechar que las cosas vayan a ser de otro modo. El susto queda para los otros, las consecuencias se nacionalizan y los beneficios siguen (y seguirán) a buen recaudo. Las últimas medidas de los gobiernos europeos al respecto no dejan lugar a dudas: el mercado manda y, como dice Galeano: ¿Qué hora es? La que usted mande señor.
